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¿POR QUÉ DISCIPULAR?
 
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Porque la vida cristiana es también una vida de discipulado. Los discípulos discipulan. Seguimos al Único que llama a las personas a seguirle, llamando a las personas a seguirle. ¿Por qué hacemos esto? Por amor y obediencia.

Amor. El motivo para discipular a otros comienza con el amor de Dios y nada menos. Él nos ha amado en Cristo, y por eso le amamos. Y hacemos esto en parte amando a aquellos que él ha puesto a nuestro alrededor.

Cuando un maestro de la ley le preguntó a Jesús cuál era el mandamiento mayor, Jesús comenzó respondiendo, «Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente, y con todas tus fuerzas» (Mr 12:30). Lo que Dios desea es que todo tu ser le ame; todas tus ambiciones y motivaciones, tus deseos y esperanzas, tus pensamientos y razonamientos, tu fuerza y energía, todo esto informado, purificado y disciplinado por su Palabra.

De hecho, la totalidad de tu devoción a Dios será demostrada por tu amor hacia aquellos que han sido hechos a la imagen de Dios. El maestro de la ley preguntó por un mandamiento, pero obtuvo dos: «Y el segundo», dijo Jesús, «es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éstos» (v. 31). Omitir el segundo mandamiento es pasar por alto el primero. El amor a Dios es fundamental para amar al prójimo. Y el amor a Dios debe expresarse en amor hacia el prójimo. Esto completa el deber del amor.

El amor de Dios por nosotros inicia una reacción en cadena. Él nos ama, entonces nosotros le amamos, y luego amamos a los demás. Juan captura todo esto: «Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero. Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? Y nosotros tenemos este mandamiento de él: El que ama a Dios, ame también a su hermano» (1Jn 4:19-21).

Cualquier afirmación de amar a Dios que no se manifieste en amor al prójimo es un amor de un dios falso, otra forma de idolatría. En estos versículos Jesús y Juan vuelven a conectar algunos enlaces que se rompieron en la Caída.

Discipular a otros —hacer deliberadamente un bien espiritual para ayudarles a seguir a Cristo — demuestra este amor por Dios y por los demás de la mejor manera.

Obediencia. Pero junto a nuestro amor está nuestra obediencia. Jesús enseñó, «Si me amáis, guardad mis mandamientos» (Jn 14:15; véase también 14:23; 15:12-14). ¿Y qué mandó? «Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarde todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28:19-20). Parte de nuestra obediencia es llevar a otros a la obediencia.

El mandato final de Jesús no fue instar a sus discípulos a una resistencia armada contra Roma, o buscar la venganza de aquellos que le mataron. Más bien, Jesús miró a sus seguidores, y les dijo que hicieran discípulos, no solo que fueran discípulos.

Jesús no hace ninguna distinción entre aquellos a quienes se les dio esta comisión, y aquellos a quienes no le fue dada. Él promete su presencia a todos los cristianos, tal y como Pentecostés pronto mostraría. Y esa promesa se extiende hasta el fin del mundo, mucho más allá de la vida de los apóstoles. A lo largo del resto del Nuevo Testamento, todos los cristianos llevarían a cabo este trabajo según sus habilidades, oportunidades y llamados. Esta Gran Comisión sería dada a todos aquellos que son discípulos de Jesús. Este mandato es dado a todo creyente en todo tiempo.

Discipular es algo básico en el cristianismo. ¿Cuánto más claro podría estar? Puede que no seamos sus discípulos si no estamos trabajando para hacer discípulos.

Fuente: Fuente: Extracto del libro Discipular, © 2015 por Editorial Poeima

 
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